Disquisición sobre las buenas costumbres
Pensar que un manual de "buenas costumbres" o de "buenas maneras" o de "moral social" escrito en 1853 nos va a resolver la crisis de identidad por la que transcurren nuestros pueblos es una necedad

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El 'síndrome de los viejos tiempo': cualquier tiempo pasado fue mejor
Plantear la crisis de la sociedad cifrada en la "pérdida de los valores" tales como el amor al trabajo, la honradez, el valor de la palabra empeñada, el respeto por los demás, etcétera, contribuye en buena medida a perpetuar una idealización de algo que históricamente nunca ha ocurrido.
Porque eso de decir que lo de ahora no parece válido no es otra cosa que repetir lo que han dicho todas las generaciones respecto a las que las antecedieron.
En realidad, no es fácil encontrar un proyecto colectivo que no sea susceptible de una percepción crítica. Aún los "paisas" emprendedores son llamados en la obra de Fernando Vallejo como "esta raza maldita" ...
¿Qué es eso de "raza"? Decir que lo de ahora es "malo" porque no se parece a lo pasado es una estupidez o, como lo llamo en uno de mis ensayos, es adolecer del "Síndrome de los viejos tiempos": todo pasado fue mejor.
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Las recientes alusiones del señor Secretario de Educación de Ciénaga dadas en una emisora referente a que tendremos que "volver a la Urbanidad de Carreño" ante los desafueros que hoy cometen algunos estudiantes o algunos ciudadanos, lucen como algo preocupante.
¿Qué podemos decir o hacer cuando se dice algo tan retrógrado como esto? Al fin y al cabo no debemos extrañarnos que uno de los problemas de las democracias modernas sea el que pueden estar bajo el dominio de los ignaros.
Pensar que un manual de "buenas costumbres" o de "buenas maneras" o de "moral social" escrito en 1853 nos va a resolver la crisis de identidad por la que transcurren nuestros pueblos es una necedad. El sólo decir de "buenas maneras" ya nos está indicando el grado de esteticismo o de superficialidad de la moral que las sustenta. El mero arte de gustar o de agradar. La moralidad de "bellas apariencias" basadas en la existencia de un ordenamiento o dominio social.
Hoy las "buenas maneras", lejos de manifestar un auténtico contenido interno de las personas, constituyen una forma refinada de ocultamiento e hipocresía. Las buenas maneras son simplemente una forma de impostura y fingimiento con vistas al mero acomodo social. Las urbanidades han oscilado entre la autenticidad y el embuste, entre la expresión sincera y el fingimiento falaz. Hoy el hombre más "culto" nos saluda elegantemente por el frente para luego, por detrás, pegarnos la "puñalada marranera".
Una moral de las urbanidades convertida en simple rutina o en comedia del conformismo o en la inercia de lo establecido. Hacer a un hombre "educado" no necesariamente significa ser un hombre moralmente decente. Lo que hay que temer no es tanto que la apariencia encubra a la realidad, sino que la realidad encubra a la apariencia.
Las cualidades que hoy se atribuyen de manera "antinatural" a ciertos jóvenes, o al poblador común y corriente, paradójicamente están fuertemente emparentadas con aquel ideal de hombre dominante que se da el lujo de "haber nacido para mandar".
Resulta obligado preguntarnos: ¿cuáles son las razones de la emergencia de unos "antivalores" que desdicen del progreso humano? ¿Por qué algunos jóvenes y adultos de hoy manifiestan desconfianza y escepticismo ante la incorporación de los valores propuestos socialmente o de una cultura ciudadana?
Lo primero que se me ocurre decir es que los padres y los profesores deben tratar con los estudiantes temas morales y éticos. Es necesario que consideremos que todos debemos profesar una ética para poder preservar ciertos valores como la convivencia, la justicia, la democracia, la franqueza, la equidad, la rectitud, etcétera.
Por lo tanto, se debe romper con cualquier forma de educar que se base en la imposición autoritaria de una ética bajo la fallida pretensión de perpetuar valores que han sido aceptados por otras generaciones como "positivos" o "buenos".
Y dije "imposición autoritaria", que es algo muy distinto a la autoridad que todos requerimos para poder crecer. La razón es muy simple: nadie viene al mundo para iniciarlo, como a veces suponen algunos burócratas del Estado atormentados por el "Síndrome de Adán". Si acaso, cuando no lo soportamos, intentaremos al menos cambiarlo.
Es bien cierto que no sólo se puede educar a las personas con un fin laboral. Se debe también enseñar al menos unos principios elementales para vivir o sobrevivir.
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Enseñarles primero a pensar y luego a pensar con total autonomía para que se puedan responsabilizar para bien o para mal de lo que hacen. Después, recomendar la necesidad de la cooperación o solidaridad con los demás. Esto permite que en una democracia seamos políticos todos. Para eso es que debemos prepararnos en el conocimiento de la gestión pública: para no dejarla en manos de los sabios o, lo que es peor, de los corruptos. Los valores de autonomía, cooperación, participación, etcétera, son valores de una cultura ciudadana que todos queremos.
La educación es la única forma en que podemos evitar la fatalidad por excelencia que hoy predica mustiamente el émulo de Secretario de Educación. Educar es educar contra el destino que no hace más que perpetuar la miseria, la esclavitud y la tiranía.
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