Origen de las tertulias y sus especies. Parte III.
El aumento de los teatros, disminuyó el concurso de las tertulias particulares; quedando así una misma la necesidad de conversar, fue preciso ser menos escrupuloso en la admisión de nuevos miembros en las tertulias.

La nobleza venida a menos.
En esta caza, la nobleza contrajo un poco de fango, y, lo que es peor, se dejó arrebatar muchas riquezas; lo que con doble razón hizo disminuir su crédito.
Los príncipes a quienes la nobleza potente había impuesto en los siglos pasados, aprovecharon todas las ocasiones de hacer mermar sus privilegios, fuentes de copiosas riquezas y mayores vejaciones; por esto el coche que era tirado por ocho caballos, lo fue por cuatro, y luego por dos, y a veces quedó empolvado en la cochera; en consecuencia, se fue disipando la niebla que cubría los árboles genealógicos y los hacía tan grandes a los ojos del vulgo.
La filosofía, cuyos delitos son medidos precisamente por las repentinas pérdidas del feudalismo y la superstición, aplaudiendo los derechos del mérito personal, no quiso dar ningún valor a viejos pergaminos, y dijo que un cojo no dejaba de serlo porque su abuelo tuviese las piernas derechas, y que por tanto debía ser más estimado un artista, que con honrosa industria acreditaba su peculio, que un noble que con sus vicios daba fin a su patrimonio.
La poesía, más atrevida que la filosofía, osó suponer, riendo, que las matronas nobles no habían sido todas Lucrecias, y que quizás la mujer hizo venir al mundo hijos menos nobles que el marido: en suma, la pureza de la sangre, quedó sujeta a muchas dudas, aún en la opinión del vulgo, el cual da siempre la razón al que le hace reír.
El aumento de los teatros, disminuyó el concurso de las tertulias particulares; quedando así una misma la necesidad de conversar, fue preciso ser menos escrupuloso en la admisión de nuevos miembros: antes la etiqueta exigía un diploma, después se contentó con un vestido de seda.
"Para participar en una tertulia antes la etiqueta exigía un diploma, después se contentó con un vestido de seda"
Las invenciones teóricas y prácticas pusieron en contacto a los doctos y a los artistas: cada una de estas clases sintió la necesidad de consultar a la otra; la primera para conocer los hechos, la segunda para saber su explicación: el docto aprendió a respetar al artista: éste reconoció que los consejos de aquel podían serle muy útiles.
Creciendo los puntos de comunicación y los contactos sociales, crecieron las necesidades del lujo y se extendieron; por esto los trabajadores recibieron un salario menos escaso que antes; desapareció poco a poco, o al menos en parte, la desnudez y suciedad de la plebe, y pudo conseguir un vestido, si bien inferior al del rico, pero que imitó su apariencia.
En tal estado de cosas, disipado el humo gentilicio, se vio cuales eran las personas que concurrían a la hacienda social y cuáles no; cada uno obtuvo un valor de opinión correspondiente a la riqueza o a la habilidad de que estaba provisto. Concedido así un grado de estimación a la baja plebe, y deducido otro a la nobleza, el resto fue dividido en una proporción gradual. El desprecio se reservó para los que querían vivir a expensas de otro, chasqueando o pidiendo de favor: la abominación para los que hacían lo mismo, robando; y la beneficencia pública se interesó por los que eran impotentes para el trabajo, no por falta de voluntad sino de poder.
La idea de que todos los matriculados como poseedores de un capital real o industrial concurrían a la hacienda social, y que cada uno tenía necesidad de los demás, hizo franquear las puertas de las tertulias con mutua ventaja de los concurrentes, según se verá más adelante.
- Origen de las tertulias y sus especies. Parte I.
- Origen de las tertulias y sus especies. Parte II.
- Origen de las tertulias y sus especies. Parte III.
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