El lenguaje de las flores con la bella historia de un sueño
Una Madreselva, puedo ofrecerte un tesoro, porque escondo en mi seno los lazos del amor

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Qué representa cada flor. Sueño con el poema épico del lenguaje de las flores
Cualidades e importancia de las flores
Alfredo no pudo dormir en toda la noche: la idea de cobijar bajo su techo al Pensamiento le producía una especie de fiebre. Su corazón latía con violencia, y su frente se ardía. Viendo que en vano quería conciliar el sueño, dejó el lecho y bajó a su biblioteca, creyendo que la vista de las flores calmaría su agitación.
Entró pues en ella y se aproximó a un Oxiacanto, cuyo perfume le llamaba con una magia irresistible. Al acercarse para aspirarle, le pareció escuchar una voz, que partiendo del fondo de la corola, llegaba dulce y vaga a su oído, y le decía:
- Ven, respira mi aliento. Una sola de mis ramas escondida en el fondo de un valle, basta para embalsamarle todo; yo soy la más temprana de las flores: soy la esperanza.
- Alfredo, Alfredo, murmuró otra voz argentina. El joven volvió su rostro, y apercibió un Dondiego de día, que mirándole dulcemente, exclamaba:
- Yo vivo en las alas del viento, y como él voy de aquí para allí a la ventura. Descanso a veces entre los brazos del poderoso, y otras me poso un instante sobre la frente del pobre. No me olvides tú, que también necesitarás de mí: soy el capricho.
- Yo, murmuró con acento melancólico una Madreselva, puedo ofrecerte un tesoro, porque escondo en mi seno los lazos del amor.

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La Clematida iba a tomar la palabra, y un Romero la interrumpió, diciendo:
- En mi no hay doblez; mis ásperas ramas simbolizan la verdad. Escucha mis consejos, Alfredo: desconfía de la Clematida, cuyas ramas se abrazan arteramente a las paredes para subir hasta la ventana, donde las niñas se entregan a sus ilusiones, y sorprendiendo sus secretos los divulga con pérfida falsedad. La sinceridad del Romero era demasiado conocida para que la Clematida se atreviese a disputársela; tomó, pues, el partido de callarse.
El poeta estaba inmóvil, sin acertar a darse cuenta de lo que pasaba en torno de sí. Las flores vivían, hablaban; no podía dudarlo.
- Piensa en mí, le decía la suave voz de una Lila. Mis hojas verdes y finas, mis ramos de flores que exhalan dulcísimo aroma, todo mi ser revela cándida coquetería. Florezco pronto, y mi vida es muy corta; soy el primer amor.
- Aun corona la nieve la cumbre de las montañas, y ya al pié de ellas ondula graciosa multitud de florecillas matizadas. A su frente vengo yo, la mensajera de natura, anunciando la más bella de las estaciones. Soy la Primavera, la flor de la juventud.
- Yo, exclamó con altivez el Lirio, aparezco con las primeras melodías del ruiseñor, y embalsamo el aura con mi perfume. Hermano de la Azucena, amo como ella las márgenes de los arroyos, la sombra de los arbustos, la soledad de los valles; al verme el hombre se sonríe, porque soy su amigo favorito, el orgullo.
- Las abejas vienen a posarse en mi seno, pronunció una dulcísima voz; la tórtola enamorada se refugia bajo mis ramas impregnadas de purísima fragancia, y mis hojas ofrecen al hombre un bálsamo bienhechor. Todo en mí es dulzura, bondad, dicha, porque soy la flor del Tilo, el amor conyugal.
- Mis ramas crecen al capricho del hombre, y mis blancas flores entre el verde follaje asemejan la blanca espuma de un claro río. Soy bello como la estrella de la mañana, inocente como la sonrisa del niño; soy el Jazmín, el amante de las abejas y de las mariposas. La candidez.
De esta manera fueron todas las flores diciendo su nombre y su condición al oído del poeta.
- He aquí, dijo éste, un magnífico asunto para un poema épico, que me abrirá las puertas del templo de la gloria. De todos modos sería un necio, si no escribiese todo lo que las flores acaban de decirme.
Tal como lo pensó lo puso por obra, y pasó una gran parte de la noche en escuchar a las flores y en formar el vocabulario que después hemos conocido por lenguaje de las flores. Cuando terminó su trabajo, se apoderó el sueño de su agitado espíritu, y se durmió sobre el mismo sillón; en él soñó que le conducían vestido de púrpura y con una lira de oro en la mano al Capitolio, a recibir en sus sienes la corona de laurel.
...
Alfredo se quedó sin escribir su poema épico. Sin embargo, todas las obras literarias demuestran sobradamente que los poetas han dado a las flores las mismas cualidades y la misma importancia que Pensamiento les señaló.
Otros lenguajes de las flores
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19950

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