El amor a la verdad.
El primero de nuestros deberes es amar la verdad y creer en ella.

El amor a la verdad.
El primero de nuestros deberes es amar la verdad y creer en ella.
La verdad es Dios. Amar a Dios y amar la verdad son una misma cosa.
Procura, amigo mío, buscar animosamente la verdad, y no dejarte seducir por la falsa elocuencia de esos sofistas malhumorados y atrabiliarios cuyo oficio es suscitar dudas desconsoladoras sobre todas las cosas.
De nada sirve la razón, o mejor dicho, mucho perjudica cuando se emplea en combatir la verdad, en desacreditarla y en sostener innobles suposiciones; cuando deduciendo desesperadas consecuencias de los males sembrados en la vida, niega que la vida es un bien; cuando por imaginar en el universo algunos aparentes desórdenes parciales, no quiere reconocer un orden en su conjunto; cuando deteniéndose en la tangibilidad y en la muerte de los cuerpos, se niega a creer en un Yo espíritu puro e inmortal; cuando llama sueños a las distinciones entre los vicios y las virtudes; cuando en el hombre quiere ver una bestia, sin nada de divino.
Si el hombre y la naturaleza fueran cosa tan vil y tan abominable, ¿a qué perder el tiempo en filosofar? Deberíamos matarnos, única cosa que podría entonces aconsejarnos la razón.
Puesto que la conciencia dice a todos que vivan (nada concluyen en contra las excepciones de algunos desgraciados faltos de juicio); puesto que vivimos anhelando al bien; puesto que sentimos que el bien del hombre es, no el envilecerse y confundirse con los gusanos, sino ennoblecerse y levantarse a Dios, claro es que el único uso recto de la razón es el que sugiere al hombre una alta idea de su dignidad, impulsándole a la vez a conseguirla.
Admitido esto, rechacemos denodadamente el escepticismo, el cinismo y todas las filosofías degradantes; obliguémonos a creer en lo verdadero, lo bello y lo bueno. Para creer es necesario querer creer, es necesario amar decididamente la verdad.
Solo ese amor puede dar energía al espíritu; lo enerva aquel que se complace languideciendo en dudas.
A la fe en todos los buenos principios debes juntar el propósito de ser tu siempre la expresión viva de la verdad en todas tus palabras y tus obras.
Solo en la verdad encuentra reposo la conciencia del hombre. En sí mismo, aun sin ser descubierto, tiene el que miente su castigo; comprende que falta a un deber y que se degrada.
Para no adquirir la ruin costumbre de mentir no hay más medio que el de empeñarse en no mentir nunca. El que falte una vez a este propósito encontrará excusa para faltar dos veces, para faltar cincuenta, para faltar sin cuento. Y así es como tantos sin pensarlo se vuelven espantosamente propensos a fingir, a exagerar y aun a calumniar.
Los tiempos en que más se miente son los más corrompidos. Al par de la mentira va la desconfianza general; la desconfianza aun entre padres e hijos; la inmoderada multiplicación de las protestas, de los juramentos y de las perfidias; el continuo estímulo de inventar hechos e intenciones denigrantes contra los de diversas opiniones políticas, religiosas y aun solo literarias; la persuasión de que todo es lícito para deprimir a los adversarios; la manía de buscar testimonios contra otros, y una vez imitados, aunque ligeros o falsos, el empeño de sostenerlos, fingiendo creerlos valederos. Los que no tienen sencillez de corazón piensan ver siempre doblez en el ajeno. Si uno que no les gusta habla, pretenden que lo dice todo con mal fin; si uno que no les agrada ora o da limosna, dan gracias al cielo por no ser hipócritas como él.
Tú, aun cuando naciste en siglo que entre sus vicios cuenta el mentir sin medida y el desconfiar con exceso, consérvate puro de semejantes vicios. Cree generosamente en la verdad ajena, y si los otros no creen en la tuya, no te irrites, conténtate con que brille a los ojos de aquel que lo ve todo.
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