Los hijos, respeto a los padres y ancianos.
La mayor parte de la culturas en el mundo tienen un gran respeto y veneración por sus ancianos.

Los hijos, respeto a los padres y ancianos.
En uno de mis viajes, no a París para desasnarme como el viajero ilustrado, sino a uno de los pueblos que hay alrededor de esta ciudad, encontré a un caballero a tiempo que salía a pasear por una de tantas sendas como cruzan esta dilatada y deliciosa huerta. Nos saludamos cortesmente; y como yo había tomado la misma dirección para mi paseo, lo continuamos juntos. Llamábase J.J., según supe después. Su aspecto era agradable y majestuoso, su vestido serio y aseado, su hablar grave y mesurado. No sé porqué rodeos vino a parar nuestra conversación sobre la crianza de la juventud.
¿En qué consistirá, me dijo, el poco respeto que los jóvenes tienen a los ancianos, a los maestros, y aun a los mismos padres? Los antiguos, aquellos hombres que no tuvieron la dicha de profesar una religion tan augusta y santa como nosotros, tenían por reo a un joven que no se levantaba delante del anciano. Jenofonte en el libro de la República de los lacedemonios, dijo: "Aprendan los jóvenes a respetar públicamente a los ancianos, como si fueran sus mismos padres; y a cederles el lugar en cualquier parte que se encontraren". Y mucho tiempo antes que Jenofonte, añadí yo, hábia dicho ya el Señor en el Levítico: "Levántate delante de las canas, y honra la persona del anciano". Asi es, prosiguió el caballero, pero en nuestros días no sucede así; y yo creo que la falta está en los padres, y en los maestros.
Un padre mal educado, ¿cómo educará bien a sus hijos? ¿Qué importa que le diga a su hijo que sea modesto, si él no lo es? El que enseña ha de comenzar por practicar aquello mismo que enseña. Lo mismo digo de los maestros. Indistintamente se echa mano de cualquiera; como sepa leer, tal cual, y tenga buena forma de letra, ya es a propósito para maestro. Yo juzgo que en ningún caso debían hacerse mayores averiguaciones, ni más serias, que para la elección de un maestro; puesto que todo el edificio de una buena educación estriba en ios fundamentos, esto es, en los principios. ¿Se buscan maestros cuya vida sea irreprensible, cuyas costumbres sean inocentes, y cuyas luces, talentos y erudición sean poco vulgares? ¿Que tenga un tacto fino, un pulso filosófico para penetrar el corazón de los muchachos, conocer su carácter, y saber cuál necesita de freno, y cuál de espuela? No dado que hay algunos que tengan estas precisas cualidades, pero son muy raros.
Continuando en esta conversación nos retiramos a casa, y al despedirme, no me dejó de la mano, sino que me precisó a que fuera a refrescar en su compañía. Entramos en su casa, y subimos a una sala graciosamente amueblada, donde no había más personas que una señora muy anciana sentada en su silla poltrona, y a su lado una joven de una fisonomía dulce y agradable, sencillamente vestida, pero muy honesta. Habiendo tomado asiento me dijo: aquella señora anciana que ve usted allí sentada es mi madre, viuda desde mi niñez; esta es mi esposa. Mi madre forma todas nuestras delicias, y no sabemos apartarnos de su lado; todos nuestros cuidados se reducen a que esté bien servida, bien aseada y curiosa, y bien contenta; y cada día rogamos al Señor que nos la conserve largos años. Y así deben hacerlo, caballero, me dijo entonces aquella señora, pues es justo que a las madres recompensen los hijos los tiernos cuidados que de ellos tuvieron en su infancia.
Por eso, no quise yo que mi hijo eligiera por esposa ninguna de esas jóvenes que solo tratan de placeres y adornos, y no se cuidan de cultivar su espíritu y su corazón: sino una que a su virtud, a su inocencia y a su piedad igualasen las gracias de la hermosura, cual es la que tiene usted presente. A estas palabras se sonrojó graciosamente aquella joven esposa, y bajando sus ojos le correspondió con un cumplimiento muy modesto. Buena hubiera quedado yo, prosiguió, si mi hijo se hubiera enlazado con una de esas disolutas que parece hayan renunciado al pudor. Bien que mi hijo no es capaz de hacer cosa alguna contra mi voluntad. Dios me libre de semejante impiedad; además, de que sería no cumplir con las sabias máximas de educación que usted me ha dado; porque mi madre, señor, prosiguió dirigiéndose a mi, es (me tomo la libertad de decirlo) una señora muy erudita, y su ejemplo ha sido para mi un libro de moral.
Señor, me dijo aquella madre feliz: he leido un poco, y se algunas cosillas, pero he procurado no hacer jamás ostentación de ellas, porque sé que el silencio es el más bello ornamento de las mujeres. Solo le diré a usted por conclusión (por que ya parece que nos traen el refresco), que muy lejos de arrepentirme de haber parido a mi hijo J.J., como Augusto se arrepintió de haber engendrado a su Julia, estoy por decir, que no hay hijo más agradecido, más tierno, ni más afectuoso, que J.J.; ni otra esposa más digna de él que su mujer. Así lo creo, dije yo entonces, y ruego al Señor que les prospere a todos largamente. Con esto refrescamos, y después de haber tratado de otros asuntos indiferentes, me retiré, contento y edificado.
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