El aseo del joven rural. Primera parte.
El desaliñado, el que no se asea, es insoportable a la vista de los demás.

El aseo.
El primer deber que nos impone la urbanidad, es el aseo del cuerpo , en especial de las partes descubiertas.
Nuestros pueblos castellanos están constituidos, en su mayor parte, por personas robustas que gastan la vida sujetando con su mano la esteva del arado, revolviendo la tierra con la azada, pastoreando ganados, disfrutando, mientras tanto, del sol que tuesta su rostro, del aire puro que vigoriza su salud, todos antisépticos insustituibles, enemigos mortales de los bacillus de Koch (tuberculosis).
Los poros son fuentes intermitentes por donde brota sin cesar, durante las horas de trabajo, el sudor que gota a gota va depositando en la tierra para que en su día rinda el codiciado fruto. El sudor, con el polvo, forma una pasta negruzca que, necesariamente, hay que eliminar.
Da gloria ver a esos mocetones de Castilla, cuando a la caída de la tarde, y después de su pesado trabajo campero, se presentan en las calles de los pueblos, aseaditos, llenando la plaza de alegría, y sin otra distinción del joven de oficina que su cara rebosando salud.
El desaliñado, el que no se asea, es insoportable a la vista; en sus manos y cara, como ellos dicen en plan de mofa, "se pueden sembrar patatas" ...
El hombre de buena sociedad se distingue precisamente por su limpieza, no disculpándole el ocuparse en trabajos poco limpios, ya que debe lavarse siempre que los abandona, máxime si es para presentarse en sociedad.
"El hombre de buena sociedad se distingue precisamente por su limpieza"
Las manos se lavarán todas las mañanas y siempre que lo reclame la limpieza. Antes de presentarnos en la mesa, debemos lavarnos, costumbre que va extendiéndose y es de desear se haga en los pueblos.
Siempre que nos presten servicios funcionarios públicos que puedan haberse ensuciado, presentemos agua en una palangana limpia, toalla y jabón, antes que nos la pidan.
Lleva por complemento la limpieza de las manos el cuidado de las uñas, que deben limpiarse todas las mañanas. Es imperdonable tener las uñas de "luto", como se dice vulgarmente. Hay que recortarlas de tiempo en tiempo, de modo que no estén largas; no está permitido cortarlas delante de otro, ni con los dientes. Siempre se han cortado en forma circular, aunque la moda de la sociedad moderna lo haga en punta.
Todos los días hemos de lavarnos la cara, el cuello y los oídos. La limpieza de los oídos merece especial atención por estar en contacto con el cabello y por la destilación que se hace por las glándulas auriculares.
Otra parte interesante del cuerpo en la vida social es la boca. Con ella nos comunicamos con nuestros semejantes, teniendo que percibir por necesidad su aliento inodoro o fétido.
Consecuencia del descuido de la boca es la fetidez del aliento, negrura y caries de los dientes, y a veces terribles dolores de muelas. Conviene tener cuidado en limpiar con un escarbadientes (el escarbadientes sólo puede usarse en la mesa, no en la calle) los restos alimenticios. No es higiénico usarlos de metal; los mejores son las plumas de ave, convenientemente preparadas. Hoy se emplea mucho el cepillo, pero hay que procurar sea suave, porque de otro modo desgasta el esmalte de la dentadura, irritando las encías. Algunos, en lugar del cepillo usan una toalla, enjuagándose luego la boca con perborato al 3 por 100.
- El aseo del joven rural. Primera parte.
- El aseo del joven rural. Segunda parte.
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