Deberes entre abogados y clientes. Entre médicos y enfermos.
Deberes respectivos entre abogados y clientes. Entre médicos y enfermos.

De los deberes respectivos.
Entre abogados y clientes.
El abogado ha de poseer un fondo inagotable de bondad y tolerancia, para que pueda ser siempre cortés con sus clientes.
Estos, al hallarse empeñados en un litigio, se ocupan incesantemente de él y fastidian al abogado con inútiles relatos.
Es preciso, pues, que se arme de paciencia, para no responder con descortesía a los que han depositado en él su confianza.
Cumple a los clientes no abusar de la tolerancia de los abogados, haciéndoles perder un tiempo precioso con inútiles consultas.
Entre médicos y enfermos.
Lo que hemos indicado acerca de los sacerdotes, diremos con respecto a los facultativos. Su misión al emprender tan espinosa carrera, es sacrificar sus comodidades y aun sus horas de solaz y de reposo al alivio de los que sufren. Más que ningún otro individuo de la sociedad, el médico está obligado a atender en primer lugar a su conciencia, y a no dejarse extraviar de la vil pasión del oro, pues de su extravío pende lo que el hombre tiene de más precioso en el mundo, que es su salud.
Es indigno ver a un médico especular con los enfermos, y contar sus ayes de agonía por las monedas que ha de recibir. El que abusa así de las lágrimas y la desgracia, es el último de los hombres.
La medicina es un sacerdocio, y los que están llamados a ejercerlo deben acercarse al altar con el alma llena de abnegación, de fe y de ternura. Los médicos, pues, han de ser reservados como los confesores; dulces, afables y caritativos como ellos; porque una palabra de bondad y de esperanza devuelve a veces mejor la salud a un cuerpo enflaquecido, que el mejor medicamento.
En el día, que hay tantas opiniones diversas en medicina, tantos sistemas y, por decirlo así, tanto ateísmo en sus creencias, en que cada particular se juzga juez competente para resolver cuestiones que la ciencia no ha alcanzado a descifrar, deben los enfermos elegir con maduro examen el método que mayor fe les inspire, y luego entregarse en manos del médico a quien elijan con confianza, y tratarle con toda la atención y miramientos que son debidos a los que han encanecido en los estudios y han de tener por precisión más conocimientos que nosotros.
Consideremos que su tiempo es precioso, y no se lo robemos con vanas lamentaciones e inútiles preguntas. Al entregarnos en sus manos, hagámoslo confiadamente, y si los resultados no correspondiesen a sus esperanzas, pensemos que la naturaleza a veces no se presta con docilidad a seguir las prescripciones de la ciencia, y que no estamos en ningún modo autorizados para llenar de reproches y hablar mal del que ha empleado todo su saber en nuestro alivio.
El médico, sin emplear para ello un lenguaje oscuro, necesita atender mucho al decoro del lenguaje, y buscar las expresiones más decentes al tratar de enfermedades y partes del cuerpo que no lo sean, principalmente cuando habla con una señora. El médico que olvidase esta suma delicadeza de lenguaje, aunque fuese un hombre eminente en la ciencia, no tendría ningún partido, sobre todo entre el bello sexo.
En las enfermedades graves, cuando los medicamentos no surtan el efecto deseado, será el primero en solicitar la cooperación de otros profesores.
Cuando la muerte es inevitable, e s preciso que el médico proceda con mucho tacto y finura para preparar el enfermo y la familia a tan duro trance, procurando dirigirse para ello a la persona menos interesada en la catástrofe inevitable. Es de su deber advertir a la familia en el momento en que crea que el enfermo necesita las auxilios espirituales, pues podrían hacérsele justos y severos cargos si obrase de otro modo.
También es reprensible que un médico abuse del angustioso estado del enfermo haciéndole inútiles visitas, pues este proceder demostraría su sórdido interés y su avaricia.
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