Exceso de la infelicidad social durante los pasados siglos. II.
Los partidos políticos se enconaron con los partidos religiosos que comienzan en el siglo XII.

El exceso de la infelicidad social durante los pasados siglos.
Los expatriados van errantes por Italia mendigando ayuda y fuerzas para entrar en su país; se vende la patria a los príncipes extranjeros con pretexto de hacerla libre; las magistraturas se cambian tres o cuatro veces en cada un año, y el pueblo se subleva en la plaza en vez de trabajar en los talleres.
Aquellas repúblicas, no contentas con ser libres, quieren dominar y buscar pretextos para recíprocamente subyugarse. Las ciudades se abandonan a un odio mutuo, tanto más violento cuanto son más vecinas y más ricas, y de aquí nacen continuas guerras. Su historia política se reduce a riñas en la plaza entre los ciudadanos y a riñas en el campo con los vecinos.
Los partidos políticos se enconaron con los partidos religiosos que comienzan en el siglo XII. Dejando a un lado lo mucho que acerca de esto podría decirse, bastará recordar que en el siglo XIV y en el principio del siguiente el gran cisma dividió a toda Europa en facciones horrendas que duraron cerca de cincuenta años. Los Papas aspirantes a la tiara se excomulgaban unos a otros, los estados se arman para defender a este y al otro, y los cristianos se matan con un furor inexplicable. Las costumbres del clero se van corrompiendo aprisa, dudas mortales atormentan a las conciencias, inciertas acerca de a cual de los dos Papas deben obediencia.
Exacerbados los ánimos con tales partidos civiles y religiosos, se desplegó una ferocidad sanguinaria tanto en las cuestiones privadas como en las guerras.
Basta decir que en los siglos XIV y XV aquella ferocidad se comunicó hasta el bello sexo, y muchas mujeres se convirtieron en soldados y tomaron parte en los asaltos de ciudades. Desde el siglo V al XIV la campiña en particular y los pueblos gimieron bajo la tiranía de los señores feudales, quienes usurpando una parte del poder real vivían atrincherados en sus castillos.
El ocio y la crápula traen consigo la corrupción; los feudatarios en sus castillos se entregaban a aquellos vicios a que se había entregado Tiberio en la isla de Caprea; las mujeres que no se dejaban seducir habían de ceder a la fuerza, sin que ninguna autoridad pudiera sustraerlas a las garras de los raptores. El empeño de presentarse en los torneos y en las cortes de los príncipes, fue causa de que cada feudatario quisiera eclipsar al otro en la riqueza de su traje y de sus caballos, y no pudiendo aumentar sus recursos pecuniarios con alguna industria honrada que despreciaba sin conocerla, los aumentó con el robo y saqueo a los vecinos, despojó a sus vasallos, se hizo salteador de caminos y pudo serlo impunemente por que la autoridad soberana carecía de fuerzas para reprimirlo. A fin de salvar una hacienda fue preciso hacer donación de ella fingida o verdadera a la iglesia, e invocar el patrocinio de un santo contra las avenidas de un tirano feroz.
Entre los privilegios feudales, ninguno se acomodaba tanto al genio de aquellos señores como el de hacerse la justicia con la espada; y de aquí provino que entre esa gente ruda, orgullosa y feroz las guerras fuesen continuas y se derramasen fuera del territorio de los batalladores, por que todos los parientes hasta el cuarto grado se encontraban envueltos en la contienda. Cuando cesaban las hostilidades, la inquietud desoladora paralizaba las industrias y el comercio, porque se sabía que de hoy a mañana podía comenzar de nuevo la lucha. Como la crueldad está en razón de la flaqueza, tantos pequeños señores debían ser crueles.
Aun que el creciente poder de la autoridad real fue oponiendo obstáculos cada vez mayores a las iniquidades de los señores feudales, aun subsistían en el siglo XVII muchas huellas de superchería feudal, tanto en las ciudades como en los pueblos, de lo cual podríamos citar varias pruebas, si no fuera muy diferente el objeto de este escrito.
Desde el siglo IX al XIV las agresiones son la gangrena que corroe en general a toda Europa. El decreciente poder de los reyes, las progresivas usurpaciones de los señores feudales y sus recíprocas luchas por una parte hicieron inútiles la vigilancia pública, y por otra aumentaron la masa de los agresores con los restos de los disueltos ejércitos. De la narración de Lupo, Abad de Ferrier en el siglo IX se deduce, que los caminos reales estaban infestados de manera que los viandantes se veían precisados a reunirse en caravanas para tener alguna seguridad contra los mesnaderos.
La frecuencia del delito maleó la opinión pública que debía condenarlo, y por esto los jueces inferiores habían de jurar que ni ellos cometerían robos, ni protegerían a los ladrones. Se multiplicaron de tal suerte estos delitos y se cometieron con audacia tanta, que la autoridad civil no tuvo fuerza suficiente para reprimirlos; se imploró en vista de esto la autoridad eclesiástica, se celebraron solemnes concilios con este objeto, y en presencia de las reliquias de los santos se fulminaron anatemas contra los ladrones y contra los perturbadores del público reposo.
- Exceso de la infelicidad social durante los pasados siglos. I.
- Exceso de la infelicidad social durante los pasados siglos. II.
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