Defectos en la reuniones y conversaciones. III.
Los charlatanes se hacen callar no dando pávulo a sus palabras, del mismo modo que un tocador de violín para a los bailarines cesando de tocar.

Los defectos en la reuniones y conversaciones.
El que quiere dar pruebas de mucho talento se encarga de todo el peso de la conversación y pierde en efecto todo lo que gana en admiración, porque generalmente hablando, los hombres no estiman a aquellos que los ofuscan. Cuando no tengas asunto interesante que proponer, la finura exige que te abstengas de hablar, en vez de poner en tortura la paciencia de los demás con tonterías pueriles y desagradables. Los charlatanes que tienen prurito de hablar de cuanto ignoran, merecerían la contestación que un artista griego dio en su laboratorio a las ridículas tonterías de un aficionado. Guardaos de que mis discípulos os oigan. En efecto, hablan esta gente con ligereza tal, que muchas veces el hombre fino se abstiene de hacerles objeciones por temor de enmudecerlos. Los charlatanes se hacen callar no dando pávulo a sus palabras, del mismo modo que un tocador de violín para a los bailarines cesando de tocar.
La locuacidad es uno de los defectos que los moralistas suelen vituperar al bello sexo. Algunos suponen que por esta razón el mejor medio de conciliarse el afecto de las mujeres, no es por cierto mostrar con ellas mucho talento (Nota 1).
(Nota 1). No estoy con el autor: un hombre de talento gusta a las mujeres de todas las clases, inclusas las más tontas.
Una Señora de alto tono que había elegido por amigo un joven de bello aspecto y de mucho talento le dijo un día que podía retirarse, porque ella no amaba a las personas que no hablan mucho. Desde el púlpito se ha vituperado a las mujeres el indicado defecto, de suerte que un fraile predicando en un convento de monjas en el día de Pascua, tuvo la donosa ocurrencia de darles a entender que Jesucristo cuando hubo resucitado se presentó a las mujeres antes que a sus discípulos, para que la nueva de su resurrección se derramase más pronto.
Ese defecto puede ser confirmado por las mujeres negras de las riberas del Gambia, las cuales, como muy aplicadas al trabajo, suelen, a fin de evitar la maledicencia y los discursos inútiles, llenarse la boca de agua mientras trabajan. La locuacidad de las mujeres, según yo la juzo, corresponde a dos fines de grande importancia. El uno es, que siendo ellas las primeras institutrices de los niños, deben ejercitar sus tiernos oídos con una palabrería continua, e imprimir en aquellos débiles cerebros muchos rudimentos ideales, que sin este socorro difícilmente se imprimirían en ellos. El segundo es, que estando destinadas a hacer agradable la vida del hombre, deberán estar dotadas de una sensibilidad exquisita, que se resintiese prontamente a cualquiera de los afectos del mismo, y de la facultad de insinuarse con gracia en su ánimo, entretenerlo con coloquios sentimentales y aligerar sus penas. No se decir si este es el verdadero motivo por el cual las mujeres, generalmente, superan a los hombres en la gracia de su voz y del canto. Juvenal, como muchos otros poetas después de él, ha censurado la locuacidad de las mujeres literatas. La garrulidad es condenable en las mujeres igualmente que en los hombres, y el fastidio que causa no se disminuye en razón de la barba del que habla, al paso que una gracia o un chiste sube de precio si sale de unos labios hermosos.
La historia de Atenas y de Esparta nos presenta en el modo de hablar dos extremos. Los atenienses estaban tan atacados de la manía parlera, que hacían largas disertaciones acerca de tonterías, explicaban una cabriola doctamente y de cuantas maneras pueden exigirse, hablaban en público en alta voz, disputaban por la calle, se detenían en la plaza, y buscaban el refugio de un pórtico para resolver un problema con cuantos más gritos podían. Desaprobando la verbosidad de los atenienses y la taciturnidad de los espartanos, condenaré con más razón el laconismo de los últimos, los cuales no contestando sino con monosílabos, dejaban traslucir un orgullo ofensivo.
La tacha de inurbana dada a la taciturnidad data de muy antiguo y con razón, principalmente cuando los adultos son los que callan, pues si es necesaria la reserva para no exponer pensamientos que después sería imposible recoger, no es preciso llevarla hasta el punto de convertirse en mudo. Una persona taciturna es en una reunión como quien entrando en el teatro sin billete de entrada, quiere disfrutar sin contribuir. La persona de esa clase se hace incómoda porque detiene la comunicación de sentimientos que saben adquirir fuerza difundiéndose, porque ofrece la idea de un censor severo que parece acusar de frivolos a los presentes, y despierta una desconfianza contraria a la jovialidad.
La persona que habla podemos decir que nos da la medida de sus fuerzas, sus ideas, sus afectos, sus gustos, los movimientos de su fisonomía, la clase de sus gestos, nos la ponen de manifiesto, de modo que sabemos como es regular conducirnos con ella. Una persona que calla, inspira desconfianza, porque se desconfía de todo lo que no se conoce. Por otra parte no se sabe qué puede agradarle o desagradarle; esta incertidumbre se convierte en límite ilegítimo a la facultad de hablar y obrar, y por lo mismo es penosa.
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