Cortesía con los ancianos y con las mujeres. I
La reputación de los ancianos procura estimación a aquellos a quienes honran con su amistad. Solo su experiencia puede sugerir los consejos necesarios en la carrera de la vida

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El respeto por los ancianos y las mujeres
Aquella urbanidad
En nuestros tiempos se procura dar fuerza al respeto debido a los ancianos, alegando lo que en esta parte hacían los antiguos. Recordemos que así en Grecia como en Roma, los jóvenes estaban obligados a ceder sus asientos a los ancianos en los espectáculos públicos, como una deferencia a la veneración a que tiene derecho su experimentado juicio. Para demostrar lo razonable de este precepto y facilitar su cumplimiento, se han demostrado sus ventajas que, en suma, son las siguientes:
La reputación de los ancianos procura estimación a aquellos a quienes honran con su amistad; solo su experiencia puede sugerir los consejos necesarios en la carrera de la vida; sus virtudes nos hacen conocer nuestros vicios, y nos presentan modelos para que los imitemos; su fría sangre reprime el ardiente ímpetu de la juventud, y sirve de lastre a la nave del Estado. Respetemos la ancianidad, decía Bion, ya que es el término al cual la suerte nos arrastra a todos. Respetando la ancianidad, esparciremos una semilla cuyos frutos recogeremos nosotros mismos.
Si la bondad del ánimo debe mostrarse embellecida por las gracias, también las gracias deben asociarse a la bondad. La primera sin las segundas es un fruto de excelente sabor, pero de aspecto desagradadable, y las segundas sin la primera pueden compararse a un fruto de color hermosísimo, pero de gusto amargo. Un joven que quiera pasar por bondadoso debe hacer alarde de afecios tiernos y bondadosos para con los ancianos que no pueden ya saborear los placeres de la vida y sobre quienes van cargando los males anejos a ella.
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El consejo de la voz de la experiencia
De esto resulta que el desmérito de la descortesía crece cuando se incurre en ella contra los ancianos, o tan solo en su presencia; que se hace ridículo un joven dirigiendo a los ancianos demandas atrevidas, manifestando que no necesita sus consejos, diciendo su opinión acerca de cosas que ofrecen duda aun a las personas de más maduro juicio, que toma la defensa de los muchachos cuando los padres les reconvienen, todo esto es atacar la reputación de la vejez y de la autoridad y atizar la osadía de los hijos.
Cuando los ancianos se ven respetados cual merecen no son importunos ni exigentes, sino amables y atractivos; y observando que son amados procuran hacer ligero el peso de su autoridad, y no se olvidan de que también ellos fueron jóvenes y estuvieron sujetos a las debilidades de la naturaleza.
Para terminar este punto no puedo menos de decir que los ancianos se granjearían mayor estimación si se manifestasen menos prontos a condenar todas las innovaciones, y menos obstinados en emplear sus esfuerzos para combatirlas.
La esclavitud fue en todas partes y casi siempre la suerte de las mujeres; y aun hoy, si se exceptua casi toda Europa, son más bien, las esclavas que las compañeras de sus maridos.
Cualquiera que se detenga a examinar la historia del género humano, verá que las mujeres no obtuvieron los derechos que les competen sino en los pueblos civilizados y en las épocas ilustradas; y aun en estos tiempos no les faltaron detractores. El bello sexo está dotado de órganos tan delicados, de sentimiento tan exquisito y de tan refinado gusto, que cuando se trata con las mujeres la cortesía nunca será excesiva.
Una transpiración algo fuerte las hace desmayarse, un gesto sin gracia las incomoda, toda negligencia exterior disminuye su estimación. Su ánimo puede compararse al agua pura y transparente en que se retrata todo el espectáculo de la naturaleza; si una hoja que se cae o un ligero céfiro que pasa, agita la superficie, todos los objetos parecen vacilantes; y por otra parte, un sencillo ramo de flores en que está esparcido el llanto de la aurora, la fruta que antes que las demás tomó color en vuestro jardín, una cinta que acaba de inventar la moda, una novela que la entretenga agradablemente bastan para daros derecho a su estimación y agradecimiento.
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Por esto la razón exige que en la mesa sean servidas las primeras, y que los manjares más selectos les atestigüen el afecto de los comensales. Debe considerarse un honor darles el brazo para que se apoyen en él durante el paseo, al paso que es un deber dejarles el espacio en que hay sombra, para que las rosas de sus mejillas no pierdan el color al contacto de los rayos solares. Seréis tenido por ordinario si al saltar un arroyo no les dais la mano, si en el teatro no les cedéis el asiento mejor, para ver y para ser vistas, y si en casa ocupáis delante de ellas el sillón más cómodo y más mullido.
- Cortesía con los ancianos y con las mujeres. I.
- Cortesía con los ancianos y con las mujeres. II.
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