Lección sobre el mundo. Parte III.
Debes adquirir indefectiblemente una serenidad de ánimo y una frescura de sangre que te haga ser dueño de tu genio y temperamento.

El mundo.
Si alguno fuere tan imprudente que sin respetar al público donde de te hallases, se atreviere con toda intención a insultarte y agraviarte cara a cara, debes echarte encima de él, sin esperar a luego; pero si solamente hablando a otros dijese injurias o disparates contra ti, deberá ser tu mejor venganza una extrema urbanidad en público, aun cuando procedas o maquines contra él en secreto, pues a lo menos te acreditarás de prudente y de cortés, y tal vez, ganarás el partido general por tu moderación y política. Esto no es decirte que en público le des muestras de estimación y de amistad, porque entonces serías llamado con razón, o pérfido, o cobarde; pero si es hacerte conocer que no hay razón para perturbar la quietud y satisfacción de la sociedad general con etiquetas de los individuos, faltándose unos a otros en los actos de civilidad y de costumbre, que como otros tantos vínculos la sostienen, pues solo las mujeres y los hombres afeminados son los que se enfadan, se pican y se espolean recíprocamente, sirviendo de diversión a los circunstantes, que siempre se ríen de ambos y jamás los compadecen; y si en alguna disputa te ves zaherido por tu competidor, aunque no cedas un punto de tu proposición, debes cortarla y echarte fuera, llenándole de atenciones; porque así atraes a tu favor el partido de la risa, que ordinariamente es el más numeroso y se convierte en broma el asunto de la disputa, te lo celebrarán todos, diciendo: no podemos negar que se ha manejado Vd. perfectamente en este caso.
Ten por regla invariable de tu conducta el no manifestar nunca la más mínima señal de resentimiento, cuando no puedas quedar satisfecho hasta un cierto grado, antes bien has de reírte siempre que no esperes humillar a tu antagonista, pues no quedaría hombre a vida si ninguno disimulara y ahogara las causas de resentimiento con que se tropieza todos los días en los asuntos de la vida activa y social; y así, el que fuere dueño de sí mismo, debe dejar el mundo y retirarse a una ermita en cualquier desierto; porque si manifiestas un negro e infructuoso resentimiento, tú mismo publicas que te han ofendido y que no te has podido desquitar, con lo que das a tu adversario una seguridad que tal vez desea para romper contigo y atropellarte, cuando la conducta opuesta le contendría en los límites de la decencia, y al mismo tiempo sujetaría su malicia, o la haría pública y manifiesta; por último, sabe que el ser caviloso, el faltar a la urbanidad y el poner mala cara, jamás indican una alma noble y generosa.
Te repito que debes adquirir indefectiblemente una serenidad de ánimo y una frescura de sangre que te haga ser dueño de tu genio y temperamento, para que no te descubran por las palabras, acciones o gestos aquellas pasiones y afectos que te muevan y agiten interiormente, y cuya descubierta da a los de más frescura y capacidad, infinitas ventajas sobre los otros, tanto en las grandes como en las pequeñas ocurrencias de la vida. El que no sea bastante dueño de sí para oír las cosas desagradables, sin dar muestras visibles de sentimiento e inquietud, ni tampoco las agradables sin inmutársele el rostro y el pecho, será siempre el juguete de los perspicaces maliciosos y de los necios impertinentes; porque los primeros le lisonjearán y provocarán sus ideas con designio de observar al descuido sus expresiones y movimientos, y por ellas colegiarán fácilmente, y llegarán a descifrar los secretos más recónditos del corazón, cuya llave debe uno mismo guardar y no confiar a alma viviente; y los majaderos, sin querer, harán iguales descubrimientos, de que se aprovecharán los circunstantes más sagaces.
"Los jóvenes se creen, por desgracia, hombres de juicio, del mismo modo que los borrachos se creen sobrios"
Te repito que si te conoces sujeto a fuertes prontos de pasión o locura, (pues yo no los diferencio, sino en su duración), resuélvete a no hablar ni una palabra siquiera mientras te dure aquel movimiento de la sangre, porque te verás perdido mil veces sino te haces dueño absoluto de tu temperamento exterior, ya que no te reprimas del todo internamente; y todos sabrán lo que siente tu corazón por las señales y mutaciones visibles. Al principio creerás imposible el vencerte y el ser disimulado; pero no te aterren las dificultades; redobla el cuidado; reflexiona cada vez que caigas el daño que te ha originado; acuérdate en el acto de las voces prudencia y paciencia; lisonjéate con las ventajas y utilidades que experimentes de contenerte; y yo te aseguro, que sufriendo un poco al principio y perseverando firme en adelante, llegarás a acostumbrarte tanto que prevalecerá tu resolución, y se vencerá tu debilidad.
Los jóvenes están persuadidos que todas las cosas se han de llevar a la fuerza; que el arte es una bajeza; que el ceder y el contemporizar son refugios de la pusilanimidad y flaqueza; esta falsa idea les da un aire de dureza, ordinariez y hasta brutalidad en sus modales; los tontos, que no pueden ser desengañados, conservan estos defectos toda la vida, pero la reflexión y la experiencia hacen a los hombres de talento que los desechen pronto de sí; conociendo tanto por ellos mismos como por los demás, que de las diez veces las nueve es la recta razón esclava encadenada al triunfo del corazón y de las pasiones. Los jóvenes se creen, por desgracia, hombres de juicio, del mismo modo que los borrachos se creen sobrios; cuentan con su espíritu mucho más que con la experiencia, a que llaman ellos frialdad del alma; y se engañan en la mitad, porque el espíritu sin experiencia es peligroso, y la experiencia sin espíritu es lánguida; y solo de semejantes casamientos nacen las perfecciones humanas; y tu puedes juntarlas si quieres, porque puedes servirte de toda mi experiencia; y no te pido en retorno ni in punto siquiera de tu espíritu.
El espíritu es ya una palabra de moda; hombre de espíritu llaman al que obra con temeridad y habla sin miramientos; siendo así que el hombre de peso manifiesta su espíritu con expresiones caballerosas y acciones respetables, sin ser jamás provocativo ni arrojado. Pero yo no entiendo aquí por espíritu de la juventud sino aquella viveza impaciente y presumida de los jóvenes que les quita ver las dificultades o peligros de una empresa; y no lo que el simple vulgo llama espíritu, que les hace ser quisquillosos, envidiosos, desconfiados y picantes en sus dicharachos; este verdaderamente es un espíritu malo que debería echarse fuera y enviarse a una manada de cerdos.
Desconfía, en general, de aquellas personas que se precian señaladamente de tal o tal virtud, que la ensalzan sobre las demás, y que en cierto modo publican que la poseen exclusivamente; porque regularmente son unos impostores; pero no es asegurarte que sean todos así, pues yo he conocido algunos de estos que llaman beatos que eran verdaderamente justos; otros reformadores de costumbres seguramente arreglados; varias gazmoñas ciertamente castas; muchos baladrones realmente guapos, etc. y así intérnate en los secretos de los corazones cuanto te sea dable y nunca caracterices a otro solo por la fama pública, pues aunque el carácter sea bueno, en general, y conforme a los contornos de su fisonomía, quizá mirado desde algunos puntos de vista, o en casos particulares no se parecerá en nada al que conocíamos, como sucede a la luna en sus varias afecciones; y sobre todo yo no quisiera que te confiaras tanto de la heroica virtud de los hombres que creyeses o esperases que tu rival haya de ser tu amigo hasta en el asunto de la rivalidad.
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- Lección sobre el mundo. Parte II.
- Lección sobre el mundo. Parte III.
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