La nueva urbanidad
Los moralistas de todas las épocas se rasgaron siempre las vestiduras ante lo que consideraban como la pérdida de los valores y la disipación de las buenas formas

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La urbanidad del cambio
¡Oh tiempos, oh costumbres! Los moralistas de todas las épocas se rasgaron siempre las vestiduras ante lo que consideraban como la pérdida de los valores y la disipación de las buenas formas. La Humanidad nunca pudo cumplir del todo con el manual de urbanidad vigente en cada momento, con el código de costumbres que, escrito o no, existió siempre. La "cambiada" sociedad española de hoy rechaza el viejo manual, pero de la ruptura (o quizá sería mejor decir reforma) de los modos tradicionales surge un nuevo código de lo que "se hace" o "no se hace". Ninguna tarea podría divertirme tanto como la de intentar averiguar en qué consiste hoy ser bien educado o mal educado.
"Doquiera que te destine la suerte, adversa o propicia, un día te hará justicia la virtud y urbanidad; éstas, a par que la ciencia granjean un nombre ilustre, y dan a la mujer lustre en la culta sociedad". Tomo al azar una de las estrofas del "Manual de Urbanidad en verso para uso de las niñas", publicado por el reverendo don José Codina en 1910. Leyendo los fragantes versos, no puedo dejar de pensar en lo que sufrirían las abuelitas para cumplir y hacer suyas las normas expuestas por el bien sacerdote en lo que fue libro de texto de las escuelas femeninas de la época.
Y no hace falta que nos alejemos tanto de nuestro tiempo para encontrar la pervivencia de estos rancios modos de conducta. Nuestras hermanas, esposas, amigas o compañeras, las chicas con las que alternamos, ya no digamos nuestras madres o tías, cantaron aún en la escuela aquello de "Las mamás van de visita, las niñas se han de callar, y si algo les preguntan, muy bien han de contestar". Y en cuanto a nosotros, no somos pocos los que nos miramos, en nuestra infancia y adolescencia, en el espejo de "Juanito" o de "Valentín" el niño bien educado, tan dispuesto siempre a levantarse diligente de la cama, rezar sus oraciones, despedirse respetuoso de sus padres y luego, ya en la calle, camino del colegio, cruzar a un ciego de una a otra acera o ir corriendo a besar la mano de un sacerdote.
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¿Cuántos diputados del Congreso, militares con graduación, abogados ejercientes y no ejercientes, periodistas en activo, aparejadores, capataces, empleados de banco, médicos, obreros sindicados o no sindicados habrán bebido en las fuentes de la vieja urbanidad?
Son aún legión entre nosotros y la nueva urbanidad, llamémosla la "urbanidad del cambio", constituye una caótica mezcla de los viejos modos y de sus adaptaciones modernas dictadas en parte por la tendencia a la "naturalidad" o lo que como tal se interpreta, en parte también por la necesidad de recuperar el tiempo perdido en las prisiones de la antigua normativa.
Pero lo que es importante comprobar es que no por el hecho de que una mayor sinceridad o comodidad se imponga hoy en las costumbres, o de que las normas vigentes vengan dictadas por una reacción al antiguo encorsetamiento, deja por ello la muestra de ser una urbanidad codificable, Lo es en la misma medida aunque por otras vías, en que lo era la que se recoge en el delicioso librito editado en 1876 por la editorial Saturnino Calleja bajo el título de "Tratado de las obligaciones del hombre", obra de don Juan Escoiquiz, "Canónigo de Zaragoza y sumiller de cortina del Rey don Fernando VII", en cuya portada se dice que ha sido "corregida por siete teólogos presididos por un ministro del Tribual de la Rota".
La primera lección de urbanidad, capital asignatura en tiempos, consiste en saber que, en la mente de los redactores de los viejos textos, no hay nada en la vida del hombre que no caiga dentro de su disciplina. La división tradicional clasifica la materia en "Deberes para con Dios, deberes para consigo mismo, deberes para con los semejantes", y al decir "deberes" no significa que el autor esté imponiendo a sus educando unas obligaciones fijadas a su capricho, sino que está elevando a la categoría de "deberes" las formas de conducta que en un momento dado "se estilan" o "se llevan", o al menos él así lo cree. Para nosotros, la única forma de manualizar la urbanidad de hoy es hacer hincapié en este aspecto descriptivo de los modos de comportamiento, sabiendo que aquello que "se hace", aunque pueda ser considerado como contrario a la "cortesía y buen tono" según los antiguos cánones, se convierte automáticamente en los nuevos "deberes".
- La nueva urbanidad.
- La nueva urbanidad. II.
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