Tarde veintiuna. De la pronunciación al tiempo de hablar.
Es preciso abrir los dientes para leer o hablar, articulando cada palabra claramente.

Quien desee adquirir una pronunciación agraciada debe leer todos los días en alta voz un trozo a un amigo que lo entienda, y suplicarle que le interrumpa y corrija cuando vaya demasiado apriesa, cuando no marque los diversos períodos y miembros de cada uno, o no pronuncie con la debida claridad. A falta de un amigo u otra persona que corrija, será bueno que lea para sí, pero en alta voz, acomodando la pronunciación a su propio oído, y variando aquella según el asunto, para evitar cierto tonillo empalagoso y monótono, muy propio para conciliar el sueño a cuantos estén oyendo la lectura.
Es preciso abrir los dientes para leer o hablar, articulando cada palabra claramente, lo cual no puede hacerse sin pronunciar la última letra. Con este ejercicio diario se adquiere en poco tiempo mucha soltura y gracia en la lectura.
No son de despreciar tampoco la voz y el modo de hablar; algunos hay que casi cierran del todo la boca cuando hablan, y barbullan sin que se les entienda nada; otros van por la posta como unas tarabillas, escupen al sujeto con quien hablan, y tampoco se les entiende; otros gritan como si fueran sordos los que están escuchando; y otros bajan tanto la voz, que no se les oye. Todos estos hábitos son toscos y desagradables, por cuyo motivo deben evitarse. He visto gentes de mucho talento mal recibidas por faltar a estas pequeñeces, al paso que otras de muy poco talento eran bien recibidas por observarlas.
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