Tarde veinte. Del mentir.
El que se equivoca y tiene la franqueza de confesarlo, obra con nobleza. El que trata de evadirse de alguna cosa por medio de una mentira, es un hombre despreciable y cobarde.

Nada hay más criminal, bajo o ridículo que el mentir; es el efecto de la malicia, de la cobardía o de la vanidad, pero generalmente los que mienten no consiguen su objeto, porque tarde o temprano se descubre la mentira. El embustero que trata de rebajar los bienes o la opinión de un sujeto, podrá dañarle por algun tiempo, pero al fin él tendrá que sufrir más; pues descubierta la mentira, todos le aborrecerán.
El que se equivoca y tiene la franqueza de confesarlo, obra con nobleza. El que trata de evadirse de alguna cosa por medio de una mentira, es un hombre despreciable y cobarde.
Hay muchos que se recrean en contar mentiras, que pueden ser tenidas por inocentes, porque a nadie hacen daño sino a ellos mismos; estas mentiras nacen de la vanidad y locura. Los tales son amigos de lo maravilloso; han visto cosas que nunca han existido; han visto otras que realmente nunca vieron, aun cuando existían, solamente porque creyeron que eran dignas de ser vistas. ¿Ha sucedido, o se ha dicho alguna cosa notable en cualquiera parte que sea? Al instante declaran que estuvieron allí, y fueron testigos de vista. Siempre son los héroes de sus fábulas; con esto creen atraerse la admiración de los demás; aunque a decir la verdad lo que ganan es hacerse ridículos y despreciables, con la añadidura de que nadie da crédito a sus relaciones; pues es muy natural el suponer que una persona que miente por vanidad, no tendrá escrúpulo en encajar una mentira muy gorda si le interesa.
Hijos mios, si alguna vez llegáis a ver alguna cosa tan extraordinaria, que se pueda dudar de su veracidad, no la contéis, para no dar lugar a que os tengan por embusteros ni siquiera un minuto.
El disimulo en la juventud es el precursor de la perfidia en la vejez. Su primera aparición es el fatal pronóstico de futura ignominia. Sed en todos vuestros procederes francos y firmes, con las precauciones debidas. La senda de la verdad es fácil y segura; la de la mentira es un confuso laberinto. El que una vez deja atrás la sinceridad, no es dueño de volver a ella; porque un artificio conduce a otro, el enredo del laberinto se aumenta, hasta que cae en las redes que él mismo ha tejido. Voy a leeros ahora una fabulita que compuse anoche.
El mentiroso castigado (Del autor de esta obrita).
Unos muchachos, nadadores diestros,
sin permiso de padres, ni maestros,
en los calores del ardiente estío
iban alegres a nadar al río.
Ágiles y desnudos como peces
se escabullían por el agua a veces;
otras atravesaban la corriente
sin tener que pagar barra ni puente.
Uno de ellos, grandísimo embustero,
trapalón, pendenciero,
cuando lejos estaba
de los otros muchachos, los llamaba,
diciéndoles : "Venid, venid corriendo
que me ahogo ¡por Dios ! que estoy muriendo."
Sus amigos corrían al socorro,
y él, mas listo que un zorro,
por debajo del agua se escurría,
y a una larga distancia aparecía;
y del chasco, que adrede les pegaba,
con grandes risotadas se jactaba.
Pero ¡ay! llegó una tarde desastrosa
en que pagó su chanza mentirosa.
Pues por sorpresa viéndose atacado
de un fuerte calambre el desdichado,
a tiempo que nadaba satisfecho
de la orilla del rio a un largo trecho,
Dio gritos lastimeros
llamando a sus queridos compañeros,
para tener la suerte
de escapar de las garras de la muerte.
Sus amigos las voces escucharon,
pero se figuraron
que hacia aquella tarde,
del arte de nadar gentil alarde,
temiendo la burla conocida,
ninguno se movió a salvar su vida.
Entre tanto el muchacho abandonado
bajó al fondo, y quedó en el rio ahogado.
¡Triste de aquel que mienta,
si sabiendo este caso no escarmienta!
Emilio. - Papá, yo quisiera aprender de memoria esa fábula.
Jacobito. - Yo también, papá.
El Padre. - Pues bien, os la enseñaré, y cuidado con mentir ni aun en chanza. Pero volviendo ahora a seguir nuestro asunto, os diré el modo de estar bien con todos.
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