Las presentaciones. El arte de agradar
Las presentaciones son una muestra de fina deferencia y de cortés atención, el que la dueña de una casa facilitase el conocimiento y relaciones entre las personas que por vez primera se encontraban ante ella

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La cortesía y las presentaciones: muestra de fina deferencia
Aquella urbanidad
La despótica tiranuela, la emperatriz soberana que reina y gobierna en los salones, S. M. la Moda, dictó hace tiempo una orden, y ante su imperativa decisión el mundo elegante se inclinó sumiso, con respeto profundo, pero con protesta que, no por muda, es menos razonable y enérgica.
"Quedan suprimidas las presentaciones". Así lo mandó, así lo quiso, así lo exigió nuestra señora.
Hasta entonces fue práctica usual, muestra de fina deferencia y de cortés atención, el que la dueña de una casa facilitase el conocimiento y relaciones entre las personas que por vez primera se encontraban ante ella.
La presentación de dos desconocidos, aparte la razón de sociabilidad, que es norma de la vida en las colectividades cultas, obedecía a una causa discretísima y merecedora de aplauso.
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No era la presentación una solicitud de amistad, no era la imposición de trato con individuos de la misma o de distinta clase; era simplemente la advertencia a la irreflexión, para que, moderando sus juicios y con la certidumbre de la naturaleza y condición del auditorio, evitase rozamientos y ahorrase las molestias que se derivan del amor propio lastimado por una apreciación que, aun siendo justa, podía resultar dolorosa al ser formulada ante el interesado o ante miembros a él afectos por lazos de antigua amistad o de parentesco próximo.
Ordena la moda que la costumbre tradicional de hacer presentaciones desaparezca. No nos revolveremos contra la orden. Pero séanos lícito apuntar, por modo breve, la impresión que semejante acuerdo nos causa.
¿Se gana algo, se obtiene alguna ventaja o comodidad con la moderna resolución? Creemos honradamente que se gana muy poco, si es que se gana algo; pues la supresión de presentaciones, si bien ahorra fórmulas de etiqueta que pueden enojar a las personas de carácter retraído o excesivamente tímido, es ocasión de aumento de embarazo para las que por su timidez apenas aciertan, aun presentadas, a sostener conversación con personas que les son poco conocidas.
Asimismo se nos antoja que la referida práctica está llamada a ser causa ocasional de mortificaciones íntimas, de heridas de amor propio, que, acaso por ser heridas que no sangran, son las más dolorosas y las más propensas al encono. Un ejemplo bastará para confirmar esta creencia.
Supongamos que en un salón se encuentran la esposa de un banquero y la de un empleado, inferior en fortuna al plutócrata. La dueña de la casa no hace presentación. La esposa del banquero, lejos de sentirse molesta, encuentra muy bien no tener necesidad de "descender" al trato con la modesta burócrata. Pero ésta sí siente lastimado su orgullo al ver cómo la superioridad de fortuna traza una divisoria entre dos personas a quienes la misma relación de amistad junta en una casa.
Momentos después llega al mismo salón una linajuda dama que tiene todas las arrogancias de una antigua estirpe y todas las vanidades de quien se mira en las alturas sociales.
Entonces es la esposa del banquero la que experimenta las mismas molestias que minutos antes experimentó la consorte del empleado.
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Es innegable que de estas tres señoras, dos, por lo menos, saldrán disgustadas de la casa en que se encontraron y no quedarán con deseos de repetir la visita.
Las tertulias, los bailes, las reuniones, han tenido y tienen como objeto principal el de atar voluntades, mantener vínculos de amistad, crear relaciones y acatar las leyes de la naturaleza humana, que lleva en sí el germen de la sociabilidad y del amor fraterno.
Suprimidas las presentaciones, se dará alguna vez el caso de hallarse reunidas varias familias sin cambiar un saludo ni una frase: lo que no se niega al compañero desconocido que viaja en el mismo coche.
Viajeros en el camino de la vida, sea nuestra misión la de suavizar asperezas, la de nunca producir el dolor.
Acatemos, siempre que sean justos y honrados, los mandatos de la moda; pero siempre y por encima de veleidades y caprichos recordemos que hay una ley divina que nos enseña a no querer para otro lo que para nosotros no quisiéramos.
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